Presentación de El Brillo de lo Inútil[1]
Sergio Zabalza
Quiero expresar mi satisfacción por esta reunión de poetas, artistas, filósofos y psicoanalistas en una publicación que adquiere ribetes excepcionales ya que condensa varios años de trabajo conjunto.
Por eso, en este caso, la diferencia de estilos y temáticas no hace más que precipitar preocupaciones comunes en torno a la clínica, la estética, la política y el arte.
Hacer brillar lo inútil es la cuerda sensible del arte que nos agrupa, dice Guillermo Vilela. Y efectivamente, apenas se comienza a recorrer las páginas de este bello objeto, se pueden apreciar los ecos que cada uno de los autores va generando entre sus pares, lo cual termina por conformar un entramado de resonancias que no necesita del acuerdo ni de la armonía para transmitir una fina vibración compartida muy difícil de explicar con el mero desarrollo expositivo.
Esto, que es todo un logro del libro constituye, sin embargo, una dificultad para el presentador.
Por eso, elegí comenzar estas palabras con una pregunta decididamente escandalosa, a saber : ¿ Para qué sirve El Brillo de lo Inútil ?
Porque ustedes me disculparán, pero decir que- por definición- el Brillo de lo Inútil no sirve para nada, aunque sea verdad, no me conforma. Y probablemente éste sea el punto, el Inútil que aquí se nos propone habita donde la verdad ya no nos conforma.
Echemos un vistazo al contexto en el que hoy aparece este libro, quizás podamos entrever – entre otras cosas- qué nos dice Nora Trossman cuando nos propone hacer de la inutilidad una práctica.
Hay una foto navegando por nuestra polis globalizada que a la manera de la imagen dialéctica de Benjamin, da cuenta con el resplandor propio de un rayo del momento que nos toca vivir. Se trata de la bella e inquietante imagen que ganó el certamen de fotoperiodismo más importante del mundo.
En ella aparecen cinco jóvenes muy fashion todo bien – de esos que un célebre surcoreano hubiera tratado de ricos y libertinos - paseando en un lujoso descapotable entre las ruinas de una Beirut recién arrasada por las bombas. Entre ellos, la única que no lleva anteojos, sólo mira su celular.
Si bien la ambigüedad de la foto hizo que su autor dejara sin título a la obra, bien podemos preguntarnos: ¿ Hay en esa escena alguna mirada que aloje el dolor ?
¿ Hay lo que propiamente se dice testigos ? ¿ No será que los escombros refractados en el espejo de esos rostros apenas alcanzan a constituir un prójimo ?
Precisamente ¿ Qué hacer con los escombros ? es una de las preguntas que Olga Prósperi se formula en uno de sus trabajos.
Porque sin la poetización que alberga al sujeto, lo que de allí retorna, no es más que la radical agresividad del cuerpo fragmentado. La misma que en un campus universitario, muy alejado de guerras y bombas, hizo estallar al Otro en treinta y dos pedazos.
Entonces: ¿ Qué nos empuja a vivir el instante que sigue ?
Porque la rosa es sin por qué, pero la pura pulsión de muerte también. Por algo, frente a la desconcertante pregunta que Primo Levi le espeta a su cancerbero, éste le responde : Aquí, en Auschwitz, no hay porqués.
¿ Qué hay entonces- qué media- entre la rosa y la pulsión ?
La respuesta que esta tropa soñadora nos trae hoy aquí es: El Brillo de lo Inútil.
Quizás ahora podamos entrever por qué Guillermo interroga la benjaminiana afirmación según la cual ya nadie sueña con la flor azul.
No en vano, una de las viñetas clínicas que Silvia Bolster nos regala cita a un paciente cuando, a propósito de su bloqueo para escribir, expresa: es que no pasa nada...
Que no pase nada no sólo da cuenta del éxito de programas como Gran Hermano- esa tramposa desnudez del Amo, como diría Cintia Ini- ; que no pase nada da cuenta también de la eficaz amenaza que supone ser testigo en un país donde, más allá de los vaivenes de las políticas oficiales, brindar testimonio del dolor todavía presupone el riesgo de desaparecer o ser asesinado.
¿ Qué otra cosa supone esta extorsión mafiosa al testimonio, sino el menoscabo a la tramitación del trauma que estos autores abordan al interrogar el lugar de la representación en la escena política?
Por eso, si se trata de hacer nudo sin hacer cadena, este Brillo Inútil recupera la tragedia en el mismo lugar donde el poema conquista su ateísmo.
Y si no, fíjense el magnífico recorte que Olga Prósperi efectúa sobre Juanito. Verán cómo este pequeño héroe trágico maneja los bordes para que allí, en el desfallecimiento del sentido, aparezca la belleza. Dice el joven testigo sobre el impudor de la madre: estaba en camisa y desnuda. Es la misma síncopa que Cintia desliza en uno de sus poemas: decir el amor y el no hay.
A fin de cuentas, no estaría tan mal formular que esta revista trata acerca del hace pipí en la polis o, si quieren, de las estrategias para arreglárselas con la diferencia que supone un Otro.
Excelente oportunidad entonces para recomendarles la lectura de las Aguafuertes porteñas de Silvia Manzini y su versión sobre Orfeo en la ciudad.
Y - si como dice Alan Badiou- un acto político es algo que crea tiempo y espacio, nunca tan bienvenido el trabajo donde Claudia Lorenzetti interroga a Kant para desarrollar la estética que conviene al psicoanálisis.
Porque cuando Claudia nos recuerda que Dios es un ruido en la calle no hace más que evocar la desnaturalización del accionar cotidiano con que Silvia Bolster introduce la estética como experiencia.
No sabemos lo que puede un cuerpo cuando las estructuras bajan a la calle, parece decir Nora- y agrega-: “ Sólo la música puede producir la acuidad auditiva en su sucesión temporal , resistente a fijarse en un tiempo histórico, (...) temporalidad originaria anterior al desgarro que la deviene tiempo”
Por eso , si de lo que se trata es que el error se haga agudeza, que el lapsus se haga chiste o que la fobia se disuelva en la polis para que la laguna se haga Juanito en la tela, deberíamos preguntarnos antes de terminar :
¿ Cuáles son las síncopas que este libro propone para generar el Brillo que socava la tiranía del sentido ?
Seguramente muchas, pero a mí hoy me gustaría señalar una en especial, a saber: el contrapunto entre arte y psicoanálisis que encuentra en la política el propicio lugar donde advenir al instante que sigue. Si es que la política, como dicen algunos filósofos, es la fidelidad a lo nuevo.
Volvamos entonces a esos escombros- esos jeroglíficos en el desierto- esperando la poetización que los civilice. Dice Silvia Bolster a propósito de una paciente: Cuando ella dibuja en la cartulina que está sobre la pared se pega al dibujo (...) Cada vez que ella se desprende surge una intervención...
La maniobra se corresponde con la vía di levare que Freud toma de Leonardo y que Guillermo tan bien nos explica: En la vía del porre , el pintor le agrega a la tela blanca los colores. En la vía di levare, el escultor saca de la piedra todo lo que estorba.
Curioso acto éste, el del analista, que al sustraer conforma un cuerpo. No en vano, Lacan describe la función del analista en tanto testigo de una pérdida, de una cesión de goce- si ustedes quieren.
Ahora bien : ¿ Quienes se hacen cargo de los escombros que conforman el cuerpo de la polis ?
¿ Quién realiza el acto de sustracción allí donde el objeto del asco colectivo se hace causa de deseo ? ¿ Quienes son los testigos del resto ?
Si es cierto - tal como dice Cintia – que la obra es pasadora, bien podemos citar entonces estos versos que sobre el final del texto deja caer Silvia Manzini:
Salta un hombre / un niño / un carrito / un galpón
a / tracción a sangre
Niños del cartón
luciérnagas
callejeros
separan
púas y jeringas
letra y tinta
diarios de ayer
memorias sin futuro
vidrio y alambre
paja del trigo
moneda falsa
aguafuertes
el brillo de lo
inútil
Muchas gracias.
[1] Silvia Bolster, Cintia Ini, Claudia Lorenzetti, Silvia Manzini, Olga Prósperi, Nora Trossman, Guillermo Vilela, Buenos Aires, Letra Viva, 2007.
viernes, junio 15, 2007
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